LAS MARIPOSAS DE RAMÓN

danza de las mariposas

Distinguido Ramón,

En primer lugar, mis disculpas por robarte un don que, sin duda, mereces. Los libros, dijo una vez el poeta Jean Paul, son voluminosas cartas a los amigos. Y tú eres escritor. Tienes premios literarios y numerosos lectores que te siguen y leen. Yo me considero uno de ellos, un amigo epistolar después de leer tu premiada “Danza de las Mariposas”. Pero esta es una extraña forma de amistad que se perfecciona cuando lees lo que tus lectores escriben. Y, como dudo mucho, que alguna vez leas algún libro mío, me permito ahorrarte unas horas y escribirte una breve carta.

Hace ya unos años, un martes uno de marzo de 1995, dijiste en un discurso en la ceremonia de presentación de tu obra, que las razones por las que nos gustan las historias es “que existe en todos nosotros el deseo de escuchar cuentos y de contarlos. La segunda es más complicada. Existe en muchas personas el deseo de saber por qué suceden ciertas cosas. Guerras, racismo, asesinatos, pobreza. Por ello nos preguntamos, ¿qué anima a un hombre a tomar el poder absoluto a costa de todo lo que le rodea? Y yo no me escapo de esa tentación”.

Tienes razón. No escapaste a la tentación. Veintiún años después, tu firma de abogados Mossack-Fonseca, factura más de 42 millones de dólares, tiene 500 empleados y representantes a nivel global, y ha creado más de 200.000 empresas offshore. Te daría la enhorabuena por el éxito empresarial, pero yo quería escribir al autor de la “Danza de las Mariposas”; al remitente que escribió una voluminosa carta con forma de novela que hablaba del “poder y la moral”, que utilizaba la metáfora sobre el poder que “atrae al igual que la luz a las mariposas, quienes en su danza alrededor de ella se acercan y caen calcinadas”.

Pero aquel remitente murió. No existe. Es un autor desaparecido. Al escritor Ramón Fonseca Mora lo mató el abogado Ramón Fonseca Mora. Y, por lo tanto, escribo la carta a un muerto. O, quizá, a un personaje, a un ser de ficción. Con lo cual solo me queda dirigirme al verdugo o al impostor. Si es así deberé utilizar el “don” y olvidar los adornos florales de la prosa.

Señor don Ramón Fonseca Mora, ejerzo de asesor fiscal de microempresas (esas que nunca pasaran por su firma, diezmadas a impuestos) en un modesto despacho desde hace veinte años y sé que usted ha actuado conforme a la legalidad panameña creando miles de empresas offshore. Solo comentarle que ha utilizado una metáfora incorrecta para ilustrar su trabajo. Usted afirma que su empresa es “una fábrica automovilística, donde no tiene responsabilidad alguna de lo que hagan los clientes con los coches que fabrica”, si alguien se mata con el coche o es un suicida no es culpa suya. Pero esto no es verdad señor Fonseca, usted no vende nada tangible, usted vende opacidad. Sí: o-pa-ci-dad. La palabra “alétheia” es un vocablo de origen griego utilizado por los presocráticos, traducido como “verdad”, y que significa “sin ocultar” (a-letheia), quitar los velos que ocultan al ser, sacar de la oscuridad lo oculto para ser revelado. Y usted, señor Fonseca, se dedica a lo contrario: a ocultar lo que debe ser visto, a poner velos en el ser. Su empresa fabrica invisibilidad y la opacidad, el anonimato y la oscuridad alimentan la impunidad del responsable.

No voy a ser yo quien me ponga de ejemplo de nada, ni estoy a la altura de dar lecciones morales de nada y a nadie, ni pretendo juzgarle a usted, ni voy a defender la voracidad recaudadora de la administración, pero me pongo muy nervioso con el mal uso de las metáforas, hoy en día que vivimos en mundo metafórico y virtual, cabe no engañar con imprecisiones literarias para ilustrar ejemplos del mundo real, porque engañamos dos veces.

Mire, se lo voy a explicar con un ejemplo, ya que usted que vive en Panamá. En mi país, España, los pobres hemos comenzado a hacer la declaración de la renta. Todos estamos obligados a identificarnos con nuestro DNI, nombre, apellidos, fecha de nacimiento, junto con la del cónyuge, hijos y abuelos. Estamos obligados a declarar todas nuestras miserias bancarias (quería decir cuentas bancarias), rendimientos universales, hipoteca, donaciones y, si recibimos un requerimiento de la administración tributaria llegará a nuestro domicilio, pues se sabe perfectamente dónde vivimos, y, hasta cuánto consumimos de luz; la compañía eléctrica informa de cada uno de nosotros, los pobres, para evitar que algún defraudador mileurista intente declarar como vivienda habitual alguno de los chalets que tiene en la playa (entiéndase el pecado de la broma mileurista).

Como verá, don Ramón Fonseca Mora, a los pobres nos obligan a identificarnos. Vivimos  presos con un uniforme a rayas invisible bajo la colorida ropa de moda y las gafas de sol. Una prisión, que, por cierto, pagamos nosotros mismos. Sí, lo sé, el mundo no es perfecto. Pero quiero que sepa que si la “privacidad”—como usted dice— es un “derecho humano”, nosotros no la conocemos. Usted se encuentra muy molesto porque han accedido a la base de datos de su despacho, han vulnerado un “derecho humano”, pero debería usted entender, como experto en leyes, que por encima del derecho a la privacidad se encuentra el derecho a la verdad. Porque en este caso la verdad no es relativa, tenemos derecho a levantar el velo y poner cara a los invisibles. Es lo único que nos queda, alumbrar las alcantarillas para que salga la realidad aunque nos duela y no podamos cambiarla. Sí, lo sé, usted no es el responsable de los males del mundo, de la injusticia global, pero señor Fonseca, la “impunidad” legal en la que usted se ampara es una “miseria moral”, de usted, de los legisladores y, muy especialmente, de todos aquellos que utilizan la invisibilidad para hacernos daño a todos.

Por último, si se encuentra alguna vez con un tal Ramón Fonseca Mora, escritor panameño, aquel que escribió en 1995 para hacer entender a muchas personas por qué existe el racismo y la pobreza, dígale que vuelva y nos explique de nueva aquella metáfora de las mariposas.

 

Muchas gracias,

Atentamente, David José Ballester.

 

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