AMANECER

—Debe estar amaneciendo. Ese instante estremecido, como dice Borges, “cuando son pocos los que sueñan el mundo  y sólo algunos trasnochadores conservan,  cenicienta y apenas bosquejada,   la imagen de las calles que definirán después con los otros”. Quién mejor que un ciego como el bonaerense para hablar de luz y de noches gastadas. Porque la mayoría de nosotros vemos pero estamos ciegos. Sí, sí, no me mire así. —El camarero, embotellado en una barba hipster, con fulgor de esqueleto, por culpa de un led ultravioleta enroscado en el perímetro de la barra, prepara un gin-tonic en vaso de tubo—. ¿Conoce la historia de Buda? Habrá visto, al menos, la película de Bertolucci. Alargue, alargue la ginebra, que todavía no estoy borracho. Érase una vez un príncipe que descubre la vejez, la enfermedad y la muerte fuera de los muros de palacio. Vive aislado en un mundo artificial del que han desterrado toda podredumbre. ¿No le suena de algo? Más limón, por favor. Mire a su alrededor, cadáveres blanqueados, nunca mejor dicho. —Mis uñas, mis dientes y mis ojos brillan fosforescentes como cubos de hielo—. Nadie diría que somos un saco de piel y vísceras en esta discoteca. Aquí está reservado el derecho de admisión para ancianos, enfermos y ciegos. Muy bueno este gin-tonic. No es el Dry Martini de Buñuel pero tampoco yo tengo su paladar. Lo que quiero decirle es que el mundo que estamos creando es una gran sala de fiestas a la que muy pocos hemos sido invitados, y no lo digo por esta luz glacial; los enfermos y los viejos son como los muertos, aislados en un cementerio al que llamamos hospital, residencia o campo de refugiados, sí, sí, campo de refugiados, también hemos estirado demasiado el concepto de enfermedad. Hemos creado un mundo fosforescente iluminado por un sol de laboratorio. Ahora el amanecer es una imagen de Google, un espejismo cibernético repetido millones de veces ¡Elija dónde quiere amanecer! —Le muestro la pantalla de mi smartphone con veinte millones de amaneceres. —Puede elegir amanecer en África, en la montaña, en la playa, y a cualquier hora, en Google amanece a cualquier hora. Razón por la que el mundo no se puede salvar. No lo digo yo, lo dice Borges en su poema cuando asegura que el amanecer es esa “hora en que el sueño pertinaz de la vida corre peligro de quebranto, hora en que le sería fácil a Dios matar del todo Su obra!”.  El maestro ciego salva al mundo porque el amanecer deviene dando paso al día, aunque sea con luz de sucios colores, pero en este siglo nuestro ya no nos salva la luz que convoca al día. No es que no tengamos amanecer, es que vivimos en un amanecer continuo, en un continuo instante, abismal y estremecedor, reinventado millones de veces, en un laberinto borgiano. El maestro ciego salva al mundo en un descanso trasnochado, pero nosotros nos encontramos atrapados en ese instante que nunca acaba porque nunca empieza, sin poder romper el círculo vicioso. Somos ese príncipe aislado entre los muros de palacio, obligados a reinventarnos, a ser proactivos, imparables, emprendedores. ¡Un brindis, vamos! —El camarero, inmutable, prepara un chupito de licor que traga con descaro vaquero. —Límpiese esas gotas de la barba. Decía que debemos rejuvenecer, reparar, reconstruir, reemprender; debemos repetir lo andado, lo importante no es caminar, sino releer los caminos para coger el que me lleve más lejos. ¿Por qué? Eso da igual. Somos el angustiado Forrest Gump que corre durante años sin saber por qué. Quien recorre un amanecer continuo acaba cansado, y el cansancio es el síndrome de nuestra época. Un cansancio que nos puede lanzar fuera de los muros, al margen de la fiesta, invisibilizados. Pero no todo está perdido, podemos revitalizarnos y revitaminarnos a base de ampollas y supositorios. Lo que sí que hemos perdido es la ceguera de Borges que cruzaba el abismo del amanecer para dejar tiempo al aburrimiento, al descanso, a las sombras, a la enfermedad y a la muerte. ¿Cuánto le debo?

El camarero me da la espalda para hacer la nota.

Me voy sin pagar.

¿Por qué?

Eso da igual.

 

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